Ernie Knoll - Sé firme - 5 de febrero de 2008

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Ernie Knoll - Sé firme - 5 de febrero de 2008

Mensaje por Jakemax el Mar Jul 12, 2011 1:05 pm

Sé firme

5 de febrero de 2008

por Ernie Knoll

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[Favor de tomar nota que una porción de este sueño no es apropiada para niños pequeños o individuos muy sensibles.]

Jalo la puerta para asegurarme que se cierra, porque en esta temporada del año es algo difícil cerrarla. Le doy vuelta a la llave para trancar la puerta. Al descender por las gradas, cierro mi abrigo, porque la mañana está fría. Más adelante en el camino veo un vecino a quien conozco. Me saluda con la mano y yo lo saludo también. Al caminar hacia mi auto, mi mente repasa todas las diligencias que tengo que hacer. A la distancia en la autopista puedo oír la sirena de una ambulancia. Oro brevemente por lo que puede ser una emergencia, para que el ojo vigilante de Dios sea con el accidente. Oigo los pájaros cantando y miro hacia arriba para ver varios pájaros en el árbol. Medito sobre el Dios tan amoroso que tenemos que cuida aun estas pequeñas criaturas durante el invierno crudo. Cuánto más nos ama y cuida a nosotros.1

De repente alguien llama, “Pastor Knoll.” Me doy vuelta y veo a una mujer caminando hacia mí. No la conozco ni creo haberla visto antes. Ella dice que ha estado orando diligentemente a Dios acerca de un hombre con quien entabló amistad hace un tiempo. Me explica que ella quiere que yo le pregunte a Dios qué debe hacer. Ella necesita saber si debe contraer matrimonio con él, o no. Yo le explico, “Dios escucha sus oraciones tanto como escucha las mías. Aunque sabemos que se casarán y se darán en casamiento hasta el día que Cristo venga, esto es algo que usted debe llevar directamente a Jesús y pedirle dirección a Él.2 El Espíritu Santo le mostrará lo que debe hacer, pero debe tener fe y paciencia. No permita que las emociones gobiernen su corazón. Permita que el Espíritu Santo le muestre lo que Dios ve que es mejor para usted.” Antes de irse, me dice que va a llevar el asunto a Jesús en oración y a esperar con fe que Él le muestre lo que debe hacer.

Al seguir caminando hacia mi auto, veo a un hombre caminando hacia mí que reconozco de mi sueño de la Librería Adventista. Es el Heraldo vestido como un hombre común. Me mira, me sonríe y me llama por mi nombre celestial. Confundido, le pregunto por qué lo estoy viendo y por qué me está llamando por mi nombre celestial cuando no estoy soñando. Mientras lo miro, su fisionomía cambia a la de un ángel. Es bastante alto; su cabello es blanco y lo tiene peinado hacia atrás. Su rostro demuestra mucha paciencia, y su aspecto es muy noble. Su piel parece bronceada. Lleva una vestimenta blanca que parece niebla, pero puedo ver dobleces, como si fuera tela. Sus alas salen de su espalda y se desdoblan, se desdoblan, y se vuelven a desdoblar. Miro a su rostro y me sonríe. Nuevamente puedo ver los hoyuelos en sus mejillas y lo reconozco. Le vuelvo a preguntar por qué lo estoy viendo y oyendo llamarme por mi nombre celestial fuera de un sueño. Me sigue sonriendo y me vuelve a llamar por mi nombre celestial como para confirmar quién él es. Me explica que Dios escucha todas las oraciones y que Él contesta las oraciones, pero a su manera. Me dice, “Hasta este punto, lo que has experimentado desde que cerraste tu puerta hasta este momento es un sueño, el resultado de respuestas a oraciones especificas de tus hermanos y hermanas al Padre en el nombre de tu Salvador.”

Entonces el Heraldo me pregunta, “¿Me das tu mano?” Le extiendo mi mano derecha. Ascendemos y ahora estamos en el pasillo. Me dice, “Por favor, siéntate aquí unos momentos.” Le pregunto si desde hace varios meses yo he estado recibiendo sueños que no recuerdo, excepto una pequeña parte. Me explica que el Padre me ha mostrado muchas cosas a lo largo de los últimos meses y que ahora es tiempo de mostrarme lo que debo compartir con su pueblo. Dice que es necesario comprender estas cosas, porque constituyen un mapa de lo que debemos anticipar. No debemos desanimarnos, sino saber que de la misma manera que nuestro Padre conoce el principio, Él también conoce el fin. El Heraldo se pone de pie y me dice que me aferre a mi valor, porque ahora me va a mostrar cosas que tienen que pasar. Me repite que tiene mucho que mostrarme. Comenzamos a caminar a través de la pared del pasillo. Al otro lado veo que estamos a una gran altura en el cielo, como si fuéramos aves volando, observando nuestro país. Veo desencadenarse destrucción sobre la faz de la tierra.3 Grandes objetos redondos, ardientes golpean ciertas ciudades, los cuales destruyen a todos los que viven allí. Estos objetos redondos hacen estremecer la tierra. Otras ciudades, centenares y centenares de millas de distancia de donde las ciudades fueron destruidas, comienzan a temblar y los edificios caen, desplomándose a la tierra. Veo explosiones con un calor tremendo y fuego saliendo de la tierra. A través de muchas áreas corre algo que parece fuego líquido. Ese líquido consume todo lo que atraviesa. Veo fuego subir hacia el cielo, como si fuera una fuente de agua, excepto que está ardiendo.4 A través de todo el país veo ciertas ciudades destruidas de una manera inconcebible.

Aunque no puedo ver otras partes del mundo, sé que las cosas que estoy viendo frente a mis ojos también se están llevando a cabo allá. Para poder ver mejor, descendemos más cerca a cierta ciudad. Observo vehículos chocando en las carreteras y autopistas. Se abren inmensas grietas en las carreteras donde van automóviles y camiones. Pareciera que la carretera ha sido desgarrada. En otras partes, veo las carreteras arrugarse y el pavimento amontonarse, un pedazo encima del otro, pavimento sobre pavimento. Volteamos y veo grandes aeropuertos. Las pistas de aterrizaje desaparecen dentro de la tierra, y los aviones no tienen dónde aterrizar. Entonces me lleva a otras áreas que están menos pobladas y la gente allí no sufre daño alguno. Le pregunto al Heraldo si me permite relatar cuáles ciudades. Me contesta, “No, eso no se permite.” Me explica que cada uno debe aprender la dirección del Espíritu Santo sobre dónde Dios desea que vivan. Entonces me dice, “Ven, tengo más que mostrarte.”

El Heraldo y yo regresamos al pasillo y pausamos un corto tiempo. Me explica, “El pueblo de Dios debe entender que lo siguiente que te voy a mostrar tiene que pasar. Dios está en control.” Atravesamos la pared y ahora veo muchos servicios fúnebres simultáneos. Sé que muchos ancianos han pasado al descanso. También se me muestra que muchos niños y bebés pasan al descanso. El Heraldo me explica que esto es por el amor de Dios, que hay que comprender que ellos han pasado al descanso para que no tengan que soportar los tiempos que se nos aproximan.5 Veo a las madres despedirse de sus hijitos pequeños o recién nacidos. Miran hacia arriba y lloran al Padre preguntando por qué. El Heraldo me mira y dice, “Si esa madre es fiel, ese niño le será devuelto a sus brazos, y ella lo criará en el cielo.”6 Observo mientras adultos se despiden de sus padres y abuelos. Muchos lloran muy acongojados. El Heraldo me dice, “Ellos deben comprender que es por un tiempo corto, pero si ellos y aquéllos de quienes se despiden son fieles a su Salvador, gozarán en el cielo por la eternidad. Será una reunión familiar como ninguna que te puedas imaginar.”

El Heraldo dice, “Ven, tengo más que mostrarte.” Regresamos al pasillo y lo atravesamos. Nos encontramos afuera donde veo casas que han sido destruidas. Antes eran casas muy elegantes costando millones de dólares. Fueron destruidas por incendios, grandes vientos, terremotos, o por objetos que las aplastaron en pedazos. Estacionados junto a las casas vi vehículos. Algunos estaban quemados, otros aplastados. Tal como las casas, esos carros también eran muy costosos. Observo a los dueños llorar porque habían perdido todos sus bienes terrenales. Muchos decían, “Éstos son los juicios de Dios sobre nosotros. Él está enojado porque no somos fieles a Él.” Mi ángel y yo salimos de esa área y vamos a otra que también ha sufrido mucha ruina. Me entero que todo el dinero que esa gente tenía ya no existe. Las instituciones bancarias habían sido destruidas en las cosas terribles que habían acontecido. Observo mientras muchos claman a voces que todo su dinero ha desaparecido.

Entonces me lleva a un área donde, según entiendo, los habitantes son Adventistas del Séptimo Día. Dios les había confiado tesoros terrenales. Habían acumulado sus tesoros en la tierra y ahora clamaban que se les había dado una oportunidad de ayudar con su dinero, pero que ya no volverían a tener esa oportunidad.7 Observo mientras esa gente se reúne y dice que aunque habían sido fieles en dar el diez por ciento a Dios, Él les había quitado todo. Ahora no tienen dinero ni los medios para reconstruir sus mansiones terrenales ni comprar autos elegantes. Ellos aprenden que recibieron una oportunidad para ayudar a los obreros de Dios que necesitaban ayuda financiera. Dios les dio la espalda y permitió que Satanás destruyera sus propiedades, tal como lo hizo con Job.

El Heraldo se vuelve hacia mí y dice, “Es importante que el pueblo de Dios comprenda que, aunque es importante devolver el diezmo al almacén de Dios, es de igual importancia comprender la manera en que se están usando los fondos. Si un individuo está dando dinero y se entera que los fondos no se están usando conforme a la voluntad de Dios, a ese individuo se le pedirán cuentas. El Gran Creador ha dicho que se le debe rendir homenaje a quienes hacen lo que Él les pide. El Heraldo me explica que muchos donativos son usados para promover la obra de Lucifer, que consiste en utilizar el espiritismo desde dentro de la iglesia por medio de aquéllos que recogen y colocan los fondos en un almacén. El Heraldo dice, “Ése no es un almacén de Dios. Quienes dan ofrendas podrán ver la bendición que dan con fe cuando se deposita en el almacén de Dios.” Ahora veo a muchos llorando porque han perdido todo. Ya no tienen cómo contribuir con fe. Algunos tuvieron la oportunidad de dar una gran porción del talento con el cual fueron bendecidos, pero quisieron retenerlo. Querían esperar, porque pensaban que todavía habría tiempo. Ahora ese talento les ha sido quitado, y no lo podrán compartir. Se me muestra que si ellos hubiesen sido individuos de fe firme, decididos a salir adelante con fe, muchos podrían haber sido bendecidos. Miro a mi ángel y no tengo palabras para hablar. Por primera vez no tengo preguntas, sino un gran vacío en mi ser. Me dice, “Vámonos de aquí, porque muchos no comprenderán lo que se te ha mostrado. Di a los que no comprenden que cada uno tiene que orar y pedir la dirección de Dios para saber a quién y qué apoyar. Deben comprender que tendrán que rendir cuentas por lo que apoyan y a quienes apoyan. Repito, debo decirte que les digas que deben apoyar y rendir homenaje a los que hacen la voluntad de Dios.” Le digo al Heraldo que éste es un tema muy controvertido, y que hay mucha confusión respecto al almacén de Dios. Me llama por mi nombre celestial y dice, “Ellos deben comprender que tú, como yo, somos mensajeros. A mí se me instruyó que debía compartir exactamente lo que he compartido. Tú debes compartir exactamente lo que yo he compartido contigo. Aquéllos que tengan preguntas se las deben hacer a quien tiene las llaves del Gran Almacén.”

Regresamos al pasillo y el Heraldo me dice, “Ven y siéntate aquí.” Nos sentamos y él me toma ambas manos. Me llama por mi nombre celestial y dice, “Ahora te voy a mostrar algo que va a turbar a muchos. Te repito, aférrate a tu valor, aférrate a tu fe, aférrate al conocimiento que el Creador de todo tiene control completo. Cuando prepares esto, añade una nota que esto puede ser delicado para mentes jóvenes, pero la mente madura podrá comprender lo que debo mostrarte.” Cuando nos ponemos de pie me mira y dice, “Si tan solo pudieses comprender el amor que tu Creador y Salvador tiene por ti.” Por primera vez noto que mi ángel no sonríe, sino que tiene un semblante muy serio. Me doy cuenta que él no desea ver lo que está por mostrarme.

Atravesamos la pared y me encuentro lo que parece ser una cárcel grande o algún tipo de centro de detención. Veo individuos parados en una fila recta larga que se mueve muy lentamente hacia adelante. Todos los individuos llevan puesto algo que parece la vestimenta de papel que usan en los hospitales. Noto que no están tristes, no lloran, ni están alegres y contentos. Se ven solemnes pero en medio de un ambiente de paz. Ellos saben y comprenden. Me quedo allí observándolos un buen rato mientras la línea se mueve hacia adelante lentamente. Todos cantan el mismo canto. Lo repiten vez, tras vez, tras vez. Encuentro que yo mismo comienzo a murmurarlo. El canto que cantan es “Salvador, a ti me rindo.” Mientras la línea sigue adelante, comienzo a estudiar y meditar esas palabras como nunca antes lo había hecho. Ahora están grabadas en mi mente. “Salvador, a ti me rindo, obedezco sólo a ti. Mi Guiador, mi Fortaleza, todo encuentro, oh Cristo, en ti. Yo me rindo a ti, yo me rindo a ti. Mi flaqueza, mis pecados, todo rindo a ti. A tus pies, Señor, entrego bienes, goces y placer. Que tu Espíritu me llene y de ti sienta el poder. ¡Oh qué gozo encuentro en Cristo! ¡Cuánta paz a mi alma da! Yo me rindo a ti.” Mientras estoy ahí de pie, las palabras se repiten en mi mente. El Heraldo no habla. Ahora me doy cuenta que estoy aferrado fuertemente a su mano. Sin decir nada, me mueve para que yo pueda ver el sitio a dónde todos se dirigen.

Cuando llego, comprendo plenamente. Delante de esa fila larga de personas hay seis máquinas. Están construidas con una abertura grande debajo y están situadas una junto a la otra como camas. La parte inferior es de acero inoxidable con una juntura en el medio de cada una. Al frente de cada cama hay barras verticales que se extienden hacia arriba. Dos están colocadas donde cabe la cabeza de una persona. Hay una abertura debajo de todas las camas donde están estacionados camiones grandes. Observo mientras los individuos se suben, sin resistencia alguna, uno en cada cama, y se acuestan boca abajo. Rápidamente, baja una hoja afilada en forma de una V invertida. La cama se abre por la juntura y el cuerpo cae al camión abajo. Cuando el camión está lleno, se va y otro toma su lugar. Todo este tiempo mientras las personas suben a la cama, siguen cantando “Salvador, a ti me rindo.”8

El Heraldo rompe su silencio. Me llama por mi nombre celestial y, por primera vez en un buen rato, miro su rostro. Veo un chorro de lágrimas que corre por sus mejillas y hoyuelos. Me dice que vuelva a mirar. Observo que ángeles santos rodean a cada uno de esos individuos. Me dice, “Jesús los podría librar a todos con sólo una palabra, pero lo que ves tiene que pasar. Observa cuidadosamente.” Mientras miro, veo que cada ángel guardián asignado ha colocado en su brazo izquierdo un manto blanco reservado para el individuo que acabó de rendir todo. El manto es blanco puro, pero en la parte inferior tiene un borde rojo grande.9 En la mano derecha tienen una tableta de plata pura con un borde de oro puro, rodeada de un listón rojo. En la tableta está escrito Apocalipsis 2:10.

[“No tengas miedo de lo que estás por sufrir. Te advierto que a algunos de ustedes el diablo los meterá en la cárcel para ponerlos a prueba, y sufrirán persecución durante diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.”]

El ángel guardián toma el manto y se lo aprieta al pecho, como para mostrar amor y adoración hasta que esa persona sea resucitada de la muerte a vida eterna. Entonces esa persona será vestida de este manto muy especial. Mi ángel dice que es hora de irnos.

Regresamos al pasillo donde nos sentamos un rato en silencio. Ninguno de los dos decimos nada. Después de un rato, él dice, “Todavía hay más que debo mostrarte.” Nos ponemos de pie y caminamos la pared del pasillo, donde atravesamos. Ahora estamos parados afuera de una tienda de comestibles. Observo mientras mucha gente camina a la tienda y muestra una tarjeta. Creo que debe ser una tarjeta de membrecía que les permite entrar. Noto que algunos son rechazados, porque no tienen una tarjeta. El Heraldo y yo comenzamos a caminar hacia el edificio. Al acercarnos, su apariencia vuelve a cambiar a la de un hombre. Atravesamos la pared de la tienda y comenzamos a caminar adentro, notando que hay poca mercancía en los estantes.

Nos dirigimos a donde está la panadería y vemos que no hay pan fresco. Le pregunta a la mujer que está detrás del mostrador de la panadería por qué no hay pan fresco. Ella se ríe y dice, “Ya no recibimos pan. Aquéllos que compraron trigo y pueden moler su propia harina ahora viven como reyes, porque pueden hacer su propio pan.” Seguimos caminando alrededor de la tienda y vemos que no hay mucho en los estantes. Vemos un empleado de los que colocan provisiones. Le preguntamos por qué hay tan poca mercancía en los estantes. Nos explica, “A los camiones les es difícil llegar porque las carreteras están destruidas y no hay combustible para los vehículos. El poco combustible que hay es muy caro. De todos modos, sólo nosotros, los selectos y escogidos, podemos obtener provisiones.”

Entonces nos dirigimos hacia el frente de la tienda y vemos a las personas que están listas para pagar por los artículos que pudieron encontrar. Al prepararse para pagar, nuevamente muestran su tarjeta. El cajero mira la tarjeta y entonces a la persona y entonces la pasa por la máquina. El Heraldo se acerca y de alguna manera obtiene una de las tarjetas para mostrármela. La miro cuidadosamente. Tiene la foto del dueño de la tarjeta. Junto a la foto aparecen su domicilio, una serie de números, una filigrana especial, y sellos de seguridad. Le da vuelta a la tarjeta y leo lo que está escrito en letras muy grandes, “El portador de esta tarjeta acepta y observará el Día Nacional de Reverencia.” Al pasar a lo largo de dos o tres cajas registradoras oigo un alboroto. Una mujer junto a nosotros dice, “Es uno de ésos que no quieren guardar con reverencia el día de Dios – los sabatistas. Son la plaga de la tierra. Estoy impaciente hasta que los exterminen a todos.” El Heraldo dice, “Es hora de irnos.”

Atravesamos la pared y, al atravesar el pasillo, el Heraldo nuevamente se convierte en un ángel. Entonces nos encontramos a un área donde puedo ver a la gente, pero ellos no nos pueden ver. Me doy cuenta que son Adventistas del Séptimo Día, pero no los reconozco. Están en sus hogares, pero es como si yo estuviera en muchos hogares, todos a la vez. Observo mientras toman la decisión de aceptar la tarjeta del Día Nacional de Reverencia.10 Explican que necesitan la tarjeta para poder hacer los pagos para la casa y el automóvil, para comprar comida y pagar sus cuentas. Deciden aceptar la tarjeta y hacer el culto en privado los sábados, pero también guardar el Día Nacional de Reverencia, tal como se requiere. El Heraldo se dirige a mí y dice, “Olvidaron elegir hoy a quién van a servir. Ven.”

Atravesamos el pasillo y ahora estamos parados en una calle. Veo autos haciendo fila en las estaciones de gasolina. La línea se extiende desde los surtidores de gasolina hasta la entrada y sigue a lo largo de la calle. Por todas partes veo autos estacionados. Algunos son casi nuevos y algunos son autos deportivos muy elegantes. Las llaves todavía están en el encendido y las puertas están abiertas. Veo a un hombre que camina cerca y el Heraldo me da permiso para hablar con él. Le pregunto al hombre por qué están abandonados esos autos. Me contesta, “Una razón es que no hay gasolina, y si la hubiese, nadie la podría pagar. Aunque hubiese gasolina, los caminos están tan malos que no se puede manejar en ellos. Todo el transporte está paralizado hasta que puedan eliminar el problema de esa gente que odia a Dios. Todos estos problemas existen a causa de esa gente que no quiere aceptar un Día Nacional de Reverencia. Una vez que ellos no existan, las cosas volverán a ser maravillosas otra vez.11 Claro está, eso va a costar mucho esfuerzo, pero con tal que guardemos ese día reverente, Dios ha dicho que nos va a bendecir.” “Un momento,” le pido, “¿Es que Dios les ha dicho que los va a bendecir si guardan el Día Nacional de Reverencia?” El hombre me da una mirada extraña y pregunta, “¿Es usted uno de esos que guarda el sábado?” El Heraldo dice, “Es hora de irnos.”

Ahora estamos en el pasillo nuevamente. El Heraldo dice, “Lo que te muestro ahora te estaba mostrando cuando Becky te despertó del sueño. Entonces permiso fue dado para compartir un poco de lo que te fue mostrado entonces.” Atravesamos la pared y ahora estamos visitando áreas pequeñas en distintas partes del país. Hay personas con llagas terribles, grandes y rojas, pero blancas en la parte superior. Parecen ser furúnculos que hieden peor que cualquier cosa que jamás haya olido. Esas llagas les cubren el cuerpo y se retuercen en dolor extremo.12 Hay grupos aislados de personas que tienen ese mal. Se han establecido hospitales especiales para esas personas. Al viajar a hospitales en distintas partes del país, comprendo que lo mismo ocurre alrededor del mundo. El Heraldo dice, “Es hora de irnos.”

Regresamos al pasillo y vamos hacia la pared. La atravesamos y, nuevamente, recuerdo este lugar. Ahora estoy afuera en un campo grande. Miro hacia arriba a lo que parece ser una pantalla de autocine. El ángel dice, “Repito, lo que te voy a mostrar es de suma importancia.” Me dice que vea la pantalla. Veo lo que pudiera ser una película de la portada de una Biblia. Las palabras “SANTA BIBLIA” brillan en oro y debajo aparece en letras más pequeñas, “Versión King James.” La Biblia se abre a Éxodo 20. La pantalla cambia y las palabras de la ley de Dios se ven en negrilla, claras y muy fáciles de leer. El Heraldo dice, “Dios mismo escribió esto, y es muy importante. Acuérdate de lo que dice.” El cuarto mandamiento se torna más reluciente y delineado. La palabra “ACUÉRDATE” sobresale del resto del versículo. Miro al Heraldo y me dice, “El pueblo de Dios necesita recordar esto, especialmente en los días futuros. Diles que elijan hoy mismo a quién van a servir. Si eligen a Dios el Padre, entonces eligen guardar su ley. Si eligen la ley de los hombres, eligen a Lucifer.” Me dice que mire hacia el cielo, donde veo escrito en letras blancas y brillantes, “Josué 24:15.”

[Si a ustedes les parece mal servir al Señor, elijan ustedes mismos a quién van a servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos, en cuya tierra ustedes ahora habitan. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor.”]

Me dice, “Es hora de irnos.”

Regresamos al pasillo y el Heraldo dice, “Todas las cosas que te acabo de mostrar te las he estado mostrando ya hace varios meses. Se me había instruido que debías compartir esto a su tiempo debido. Ahora es el momento de compartirlo. Pero, antes que despiertes, tengo una cosa más que debo mostrarte. Ya se te lo ha mostrado, pero ahora lo vas a recordar. Lo que verás ahora es para todo el pueblo de Dios. Lo vas a necesitar para darte ánimo.” Caminamos hacia la pared y la atravesamos.

Entonces el Heraldo y yo volamos a la puerta del cielo. Al acercarnos, miro hacia abajo y reconozco el inmenso valle bajo nosotros y veo la muralla del cielo. Noto la viga cuadrada colocada sobre las columnas y encima de la muralla. Las columnas y la viga son translúcidas, y es imposible describir su belleza. Luz emana de la muralla, y es tan bella que no hay palabras para describirla. Al seguir volando, veo el templo para los 144,000, como también muchos otros edificios y mansiones. El Heraldo dice que cada una ha sido construida específicamente para cada individuo, y que no hay dos iguales. Me cuenta del anaquel para la corona que cada una tiene. Al mirar hacia abajo, veo millones y millones de mansiones. Le pregunto al Heraldo cuántas hay. Sonríe y dice, “Una para cada uno de los hijos de Dios.”

Seguimos volando sobre inmensos parques y praderas. La fragancia hermosa que detecto de las flores es muy emocionante. La hierba es de un verde hermoso, vivo y se mueve como si fuera una corriente del mar. Me esfuerzo por pensar de palabras que puedan explicar las cosas que veo y huelo, pero no hay palabras que lo justifiquen. Veo hacia dónde nos dirigimos y le pregunto al ángel si vamos a la Ciudad Santa. Me contesta, “Sí, se me ha indicado que te lleve allá, porque hay algo que debo mostrarte.” Hasta ahora, sólo he visto el área a las afueras de la ciudad que está dentro de la ciudad. No soy capaz de hallar palabras propias para explicar el tamaño de todo. Sé que la muralla del cielo mide unas 1,500 millas [2.400 km], y que para llegar al centro de la Ciudad Santa dentro de la ciudad son unas 700 millas [1.120 km], pero el tamaño es abrumador. Todo es mucho más grande de lo que existen palabras para describirlo.

Ahora nos dirigimos a la Ciudad Santa. Yo comienzo a volar más y más velozmente. Ese lugar tiene algo que me atrae. Muchos, muchos ángeles emocionados se forman en filas mientras nos acercamos rápidamente a la Ciudad Santa. Al reducir la velocidad y acercarnos al suelo, veo fluir agua hermosa y cristalina. Nuestros cuerpos hacen una rotación y nuestros pies suavemente tocan el suelo. Comenzamos a caminar y veo el río hermosísimo con el agua más pura que jamás haya visto. El fluir del agua suena a santidad. Más adelante veo un árbol de gran belleza. Tiene dos troncos, uno en este lado del río y el otro al otro lado del río. Noto que ese árbol lleva muchas clases distintas de fruta. Aun las hojas del árbol tienen un aspecto delicioso. Repito, no puedo hallar palabras apropiadas para describir lo que estoy viendo. A lo largo del río hay muchos, muchos árboles más que añaden a la belleza de todo. Me doy cuenta que a Dios le gustan los animales, ya que hay tantos caminando alrededor. Por todas partes veo un amor sin límites.

Mientras el Heraldo y yo caminamos a lo largo del río, a lo lejos veo el sitio de donde proviene el agua. Mirando al Heraldo le digo que tengo que ir allá rápidamente. Me sonríe y dice, “Como tú estás bajo mi cuidado, vayamos juntos.” Ascendemos del suelo y volamos rápidamente al sitio de donde sale el agua. Brota de un trono hermosísimo. No hay palabras para describir su belleza en forma adecuada. Volviéndome hacia el Heraldo expreso cuán bello es. Me dice, “Voltea y mira otra vez.” Me volteo y veo a Jesús sentado en el trono. Se para y camina sobre el río hacia donde yo estoy. Los ángeles que acompañan a Jesús lo visten con un manto morado y listones. Un ángel coloca un cetro en su mano derecha y otro coloca sobre su cabeza una corona dentro de una corona. Él viene hacia mí y yo me postro a sus pies y le digo cuánto le amo. Me llama por mi nombre celestial y me dice que quiere que le diga a su pueblo que “pronto todo esto pertenecerá a ustedes para que lo disfruten por toda la eternidad. Pronto terminarán todas sus tristezas. Él dice, “Ya no habrá más muerte, dolor, sufrimiento ni llanto. Pido a cada uno de mi pueblo que escoja a quién van a seguir. Todo lo que te he mostrado es para ayudar, pues pronto muchos enfrentarán dificultades, soledad y persecución. Ellos harán eso en mi nombre, y yo escribiré mi nombre en sus frentes. Pueblo mío, sean firmes. Aférrense a la fe que ya voy, y que tengo una gran recompensa esperándoles. Ustedes y yo disfrutaremos y viviremos juntos por toda la eternidad. ¡Cuánto anhelo el momento cuando pueda ir a buscarlos y traerlos al hogar.” Mira al Heraldo y le dice, “Gracias.” Jesús se da vuelta y se aleja con su grupo grande de ángeles acompañantes.

De pie con mi mano en la del Heraldo, quedo mudo y asombrado de lo que acabo de ver y oír. Siento distintas emociones. Lo único que puedo decir es, ¡cuán grande es el amor de mi Salvador! Y ¡cuán gran amor hacia alguien como yo. ¡Oh, si tan solo tuviese palabras del cielo para contar la alegría que siento! Miro al Heraldo y con lágrimas en mis ojos le digo, “Ven, Rey Jesús; ven Rey Jesús a llevarnos al hogar.” El Heraldo me mira y dice, “Es hora de irnos.” Me dirijo a él y le ruego que por favor me deje permanecer más tiempo. Al despegar del suelo, aumenta el dolor de mi alma. El Heraldo sonríe y dice, “Tú sabes que si permaneces fiel a Jesús, muy pronto estarás aquí, y no será un sueño. Debes darte cuenta que esto es un sueño y que lo que Dios ha planeado es aún mejor de lo que se te ha mostrado en un sueño.” Yo sigo mirando hacia atrás mientras nos apartamos de la ciudad celestial.

Pronto regresamos al pasillo. El ángel me instruye que yo debo comenzar a preparar lo que se me ha mostrado. Él dice que aunque es muy largo, yo voy a poder recordar todos los detalles, porque el Espíritu Santo está obrando conmigo. Coloca sus manos sobre mis hombros y me dice, “Sé valiente y aférrate a la verdad. Comparte lo que se te ha mostrado. Confía que éste mensaje es de Jesús. Te volveré a ver, porque tengo más que compartir contigo, pero sé paciente y espera.” Lo miro y le pregunto, “¿Me permites hacerte una pregunta más antes que te vayas?” Él dice, “Puedes preguntarme.” Le digo, “Me has dicho que te llame el Heraldo. ¿Es tu nombre Gabriel?” Me sonríe y dice, “Como te he dicho antes, quién yo soy no es importante. El nombre del que todos deben desear conocer es el del Gran Juez. Ése es el único nombre del cual todos debieran hablar y desear conocer.”

1. Lucas 12:6,7
¿No se venden cinco gorriones por dos moneditas? Sin embargo, Dios no se olvida de ninguno de ellos. Así mismo sucede con ustedes: aun los cabellos de su cabeza están contados. No tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones
2. Mateo 24:38,39
Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaba y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró al arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos. Así será en la venida del Hijo del hombre.
3. Evangelismo, p. 26
¡Ojalá que el pueblo de Dios tuviera una noción de la destrucción inminente de millares de ciudades, ahora casi entregadas a la idolatría!
4. Patriarcas y profetas, p. 101
Cuando se unan los rayos del cielo con el fuego de la tierra, las montanas arderán como un horno, y arrojarán espantosos torrentes de lava, que cubrirán jardines y campos, aldeas y ciudades. Masas incandescentes fundidas arrojadas en los ríos harán hervir las aguas, arrojarán con indescriptible violencia macizas rocas cuyos fragmentos se esparcirán por la tierra. Los ríos se secarán. La tierra se conmoverá; por doquiera habrá espantosos terremotos y erupciones.
5. Last Day Events [Sucesos de los últimos días], p. 255
No siempre es sabio pedir la sanidad incondicional… Él sabe si aquéllos por los cuales se ofrecen peticiones serían capaces de soportar la prueba y tribulación que les sobrevendría si viviesen. Él conoce el fin desde el principio. A muchos se les permitirá descansar antes que descienda sobre nuestro mundo la prueba terrible del tiempo de angustia. [Trad.]
6. El conflicto de los siglos, pág. 703
Los justos vivos son mudados "en un momento, en un abrir de ojo". A la voz de Dios fueron glorificados; ahora son hechos inmortales, y juntamente con los santos resucitados son arrebatados para recibir a Cristo su Señor en los aires. Los ángeles "juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro". Santos ángeles llevan niñitos a los brazos de sus madres. Amigos, a quienes la muerte tenía separados desde largo tiempo, se reúnen para no separarse más, y con cantos de alegría suben juntos a la ciudad de Dios.
7. Mateo 6:19,20
No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar.
8. Apocalipsis 20:4
Entonces vi tronos donde se sentaron los que recibieron autoridad para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios. No habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni se habían dejado poner su marca en la frente ni en la mano. Volvieron a vivir y reinaron con Cristo mil años.
9. Primeros escritos, p. 18-19
En el trayecto encontramos a un grupo que también contemplaba la hermosura del paraje. Advertí que el borde de sus vestiduras era rojo; llevaban mantos de un blanco purísimo y muy brillantes coronas. Cuando los saludamos pregunté a Jesús quiénes eran, y me respondió que eran mártires que habían sido muertos por su nombre. Los acompañaba una innúmera hueste de pequeñuelos que también tenían un ribete rojo en sus vestiduras.
10. Mensajes selectos, tomo 1, p. 75
Si alguien creyó en el sábado y lo guardó, y recibió la bendición que lo acompaña, y luego lo abandonó y quebrantó los santos mandamientos, éste se cerrará a sí mismo las puertas de la Santa Ciudad tan ciertamente como que hay un Dios que rige los cielos en lo alto.
11. Juan 16:2
Los expulsarán de las sinagogas; y hasta viene el día en que cualquiera que los mate pensará que le está prestando un servicio a Dios.
12. Apocalipsis 16:2
El primer ángel fue y derramó su copa sobre la tierra, y a toda la gente que tenía la marca de la bestia y que adoraba su imagen le salió una llaga maligna y repugnante.

Fuente: http://www.formypeople.org/Sp/sp_28_stand_fast.shtml

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Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.  Juan 3:16
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