Ernie Knoll - Dos autos - 12 de marzo de 2010

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Ernie Knoll - Dos autos - 12 de marzo de 2010

Mensaje por Jakemax el Mar Jul 12, 2011 2:04 pm

Dos autos

12 de marzo de 2010

por Ernie Knoll

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En mi sueño, estoy parado en una playa de arenas blancas mirando las olas romper al llegar a la orilla. Al inclinarme y coger arena en mi mano, me doy cuenta que cada grano es muy pequeño. Medito en como Jesús creó cada grano tan minúsculo. Sin embargo, si faltase sólo un grano de arena, la playa sería más pequeña. Siento el calor del sol en mi rostro y escucho el canto de los pájaros. El aire está lleno del olor del mar y de varias flores. Ahora contemplo toda la escena que me rodea y pienso que la belleza de esta tierra no puede compararse con el cielo.

Una voz que me habla interrumpe mis pensamientos. Me doy vuelta y veo al Heraldo de pie muy cerca detrás de mí. Pronuncia mi nombre celestial y dice que ya es hora de regresar a donde estaba antes, pues él debe mostrarme el resto de lo que estaba viendo. Debo estar muy atento a todo, ya que habrá mucho que ver. Primero, pide que le dé mi mano derecha para que podamos viajar a cierto lugar. Le extiendo mi mano, él la toma e inmediatamente nos hallamos parados en la ladera de una montaña muy grande. El olor del aire es muy desagradable, se asemeja al pecado y al mundo contaminado. Al mirar alrededor, me doy cuenta que es el mismo lugar de los sueños “Velad, porque ¡ya voy!” y “Arrepiéntete, porque ¡ya voy!”. Recuerdo haber visto antes un grupo pequeño, uno de muchos grupos pequeños alrededor del mundo, que formaba parte de los 144,000 que viven a través del gran tiempo de angustia.

Entonces, el Heraldo me muestra una persona de pie no muy lejos de donde yo estoy. Me dice, “Ella dormía en la tierra, pero ahora está despierta y de pie como una señal del Gran Cumplidor de las Promesas, quien le prometió que si ella era fiel, estaría con los 144,000 para ver la venida del que es Grande Sobre Todas las Grandezas.” Yo sé quién ella es y veo que muchos ángeles la rodean mientras ella, llena de anticipación, mira hacia el oriente donde se ve una pequeña nube negra. También sé que simultáneamente hay una resurrección de aquéllos que condenaron, golpearon y crucificaron a Jesús.1

Ahora el Heraldo me dice que observe cuidadosamente. Como si el tiempo entrase en alta velocidad, veo toda la escena desarrollarse rápidamente hasta la segunda venida de Cristo. Entonces el tiempo modera hasta llegar al momento cuando todos los ángeles están cantando. Mientras el Heraldo canta, se torna más y más brillante.

Ahora veo a Jesús alzar una trompeta a sus labios. El sonido que emite es distinto a cualquier trompeta que los oídos humanos puedan imaginarse. Entonces, escucho su mandato, “Despertad, despertad, despertad”. Entonces hay un terremoto, pero los justos ni lo sienten ni son afectados por él. La escena que ahora veo es el cumplimiento de todo lo que Jesús vino a hacer en esta tierra. Esta escena, junto con todo lo demás que he observado, es una de muchos eventos que son más maravillosos de lo que las palabras puedan exclamar.

De repente, la tierra se abre y los que han ido al descanso en el nombre de Jesús salen de la tierra. Su aspecto cambia a uno de gloria inmortal, como solamente el Gran Creador lo puede hacer. Sólo aquellos labios pudiesen haber llamado a los que dormían debajo de la tierra. Se me hace entender que muchos han salido desde una profundidad muy grande, y que esto está ocurriendo en todo el mundo. Cada uno escucha la voz de Cristo y sale desde las profundidades de los océanos, de los mares, y debajo de las montañas. Éstos son sus amados, desde la ocasión de la primera muerte hasta que ocurrieron los cambios impresionantes en la superficie de la tierra durante el diluvio y a lo largo de los milenios cuando el pecado controló este planeta. Son tantos que me recuerdan la arena en la playa. Ahora, sin embargo, en la gloria de toda la gloria, el Gran Crucificado, quien murió la muerte de las muertes y resucitó al tercer día, contempla a su pueblo mientras asciende para encontrarse con Él. En un pestañear de mis ojos, veo que el aspecto de los que son se torna perfecto. Ahora el Heraldo me dice que es hora de irnos, porque hay más que ver y mucho que hacer antes de que esta escena pueda ser una realidad.

Entonces me hallé de pie en un sitio de estacionamiento para autos. Veo un grupo grande de personas. Entre ellos se oye mucha discusión. A veces parece que algunos están tratando de imponer por la fuerza sus opiniones para que los demás crean como ellos creen. Me doy cuenta que hay dos autos más bien viejos estacionados junto a nosotros. Son como de la década de los 1950, y me maravillo de su gran peso y tamaño. Por dentro son amplios y las puertas se abren desde el centro hacia afuera. El gran grupo se divide en dos; un grupo tiene la mayoría y el otro sólo tiene cuatro personas. Todos deciden entrar en uno de los dos autos. Me doy cuenta que cada auto es de un color gris insignificante y cada uno lleva la misma placa que dice, “I.A.S. D.” Me confunde cómo es posible que dos autos tengan la misma placa y me pregunto qué significará I.A.S.D. Entonces me doy cuenta que ambos autos representan la Iglesia Adventista del Séptimo Día y que ése es el significado de las siglas.

Ahora veo que tantos se meten en uno de los autos que se llena hasta el techo y muchos tienen sus rostros presionados contra las ventanas. Mientras la gente sigue metiéndose, les oigo decir que ése es el auto correcto y, como son tantos los que van, tiene que ser el único auto en el cual se debe estar. Entonces veo que sólo quedan cuatro y yo que entramos en el otro auto. El conductor es un hombre de barba y cabello largo. Yo estoy en el asiento delantero, a la derecha, y los otros tres se sientan atrás. Los dos autos van por un camino de dirección única y el otro auto va por delante. Algunos de sus pasajeros se inclinan por la ventana y nos gritan que su auto es donde debemos viajar y que sólo debemos seguirlos a ellos.

Al seguir viajando, el camino se amplía a dos vías.2 El conductor del auto donde yo viajo se coloca en la vía justo a la derecha del otro auto. Los pasajeros del otro auto nos siguen diciendo que ése es el único auto donde debemos estar y que tenemos que seguirlos porque ellos son muchos y eso muestra que ellos están haciendo lo correcto.

Al seguir, vemos un signo de ruta que muestra que las dos vías se van a separar, una irá hacia la izquierda, y la otra hacia la derecha. El conductor del otro auto comienza a gritar que nosotros debemos seguirlos a ellos porque son muchos, porque todos tienen razón y que debemos ir hacia la izquierda. Comienza a gritar más fuertemente y nos grita insultos sobre nuestra incompetencia. Dice que no comprendemos las cosas correctamente y que debemos seguir su ejemplo, porque ellos tienen mucho conocimiento por haber estudiado profundamente el camino que se debe tomar. El conductor del auto donde yo viajo se mantiene en calma y dice que vamos a ir hacia la derecha, que el camino va a presentar muchos problemas, pero que el auto va a poder completar la jornada peligrosa.3 Él dice que el auto podrá soportar todos los peligros y obstáculos que encuentre. Nos explica que debido a los escombros en el camino, parecerá que el auto va a tener problemas mecánicos y se va a descomponer, pero que seguirá marchando.

Al acercarnos a la encrucijada del camino, el otro auto sigue hacia la izquierda. Veo que el camino es liso y bien pavimentado, pero tiene un pequeño declive. El auto donde yo viajo sigue hacia la derecha. El camino comienza a ascender y el pavimento se deshace en gravilla y entonces, tierra. Sentimos que el auto cae en muchos baches grandes y las ruedas pasan por honduras profundas. Oímos arrastrar la superficie inferior del auto y nos preguntamos si se desprenderá el silenciador. Al seguir lentamente, notamos que el camino sigue ascendiendo y deteriorando. Nos preocupa que el auto se atasque en uno de los huecos grandes, pero sigue marchando. Entonces vemos adelante lo que parece ser un desprendimiento de la tierra. Es difícil manipular el auto sobre y alrededor de los escombros.

Al seguir adelante, nos sorprende ver que el color de nuestro auto está cambiando. Al salir, sabíamos que era de un tono gris insignificante, pero al encontrarnos con más problemas en el camino, el auto comienza a blanquear y brillar. A pesar de todo el polvo y tierra, el auto se torna más limpio. El camino sigue estrechándose. Desde arriba en la montaña, muchos peñascos y troncos grandes ruedan hacia abajo, directamente hacia nosotros. El auto choca fuertemente contra ellos y se sacude. Tememos que las ruedas se caigan debido a los daños delanteros muy grandes que ha sufrido, pero el auto sigue adelante.

Ahora nos preguntamos cómo le irá al otro auto y si habremos tomado el camino correcto. Nuestro conductor nos dice que el auto todavía está en perfectas condiciones, pero que el camino va a empeorar. Nos preguntamos cómo es posible que empeore aún más. Al seguir, notamos lo que parecen ser estragos causados por un terremoto. Yo miro hacia nuestro conductor y él nos asegura que vamos a estar a salvo y que este auto va a seguir adelante.

Ahora notamos que parte del camino se ha desmoronado en una grieta profunda. Nuestro conductor, en quien ahora tenemos plena fe, maneja el auto dándole la vuelta al problema. Al seguir viajando, encontramos muchos árboles desarraigados en el medio del camino, el cual ahora es muy estrecho. Nuestro conductor maniobra el auto junto al borde de un risco para darle la vuelta a los árboles.

As we round a corner, we notice a military blockade. They signal us to stop and a soldier walks over and orders me to step out of the car. Stepping out I notice I am now in mud. I try to clean it off, but it does not come off. The soldier hands me a rag to use, but as I do my shoes become dirtier and now have grease on them as well. I get back into the car and the soldier informs us that we have come the wrong way, that we should have taken the other road. He states that this road is not the right road and that we should turn around.

Al dar la vuelta a una esquina, vemos un bloqueo militar. Nos señalan que nos detengamos y un soldado se acerca y ordena que yo me baje del auto. Al bajar, veo que estoy parado en un lodazal. Trato de limpiar el lodo, pero no se quita. El soldado me entrega un trapo, pero cuando lo uso, mis zapatos se ensucian aún más y ahora también tienen grasa. Vuelvo a entrar al auto y el soldado nos dice que hemos venido por un camino equivocado, que debíamos haber tomado el otro camino. Dice que éste no es el camino correcto y que debemos regresar.

Ahora nuestro conductor se inclina hacia adelante, mira al soldado y le dice que alce la barrera porque vamos a seguir adelante, debido a que ése es el camino que debemos tomar. Él dice que el otro auto llevaba a muchos, pero que hay pocos en este auto. Él mira al soldado y le dice con autoridad, “Alce esa barrera – ¡ahora mismo! El soldado mira hacia abajo, entonces le señala al portero que alce la barrera. Miro a nuestro conductor y veo que su cabello se torna un blanco brillante. Se torna hacia mí y entonces veo en sus ojos un amor que no se puede describir – el amor del amor de los amores.4

Ahora cambia mi sueño y estoy parado en un corredor. El Heraldo dice que debe colocarme en otro sitio y que voy a entender lo que se me va a mostrar. Entonces me hallo sentado en la fila más alta de un estadio. Noto que los asientos están situados muy cerca el uno del otro. Todos estamos apretados en este estadio, en el cual caben unas 250.000 personas. Lejos hacia abajo hay una plataforma, pero no hay ningún púlpito, de manera que el orador pueda dirigirse a todos.

Entonces un individuo sube a la plataforma y cita Joel 2:28 y Hechos 2:17. Declara que se nos ha dicho que en los últimos días los ancianos soñarán sueños. Hace una pausa y entonces pregunta si habrá alguien presente que haya tenido sueños. Miro a lo largo del estadio anticipando ver todas las manos alzadas, pero no hay ninguna. Llego a la conclusión que soy el único, así que levanto mi mano. El orador me señala y dice, “Ahí hay alguien que dice que está teniendo sueños”. Pide que me ponga de pie y que relate lo que he visto en mis sueños. Me sorprende notar que aun sin micrófono, mi voz se escucha por todo el estadio. Le digo que estoy dispuesto a relatar, pero que primero debo hacer una pregunta. Él me dice, “Siga”. Le pido a todos los congregados que si alguno no es un Adventista del Séptimo Día, que levante su mano. Como no veo que se alce ninguna mano, les pido a todos que me hagan el favor de ponerse de pie. Mientras están parados, les digo que si alguien es un Adventista del Séptimo Día, que por favor tome asiento. Nadie permanece de pie. Les explico que ese ejercicio era para mostrar que todos los presentes en ese estadio eran Adventistas del Séptimo Día.

Entonces compartí un resumen de los muchos sueños que he tenido. Mencioné el sueño del cielo y las cosas maravillosas que vi. Se oyeron muchos amenes. Les conté como vino un ángel montado sobre un caballo blanco, el cual me enseñó la importancia de la cruz y el hecho que debemos observar el sábado y no el domingo. Les relaté sobre el libro, Concesión paulatina, los sueños sobre la Iglesia Adventista y las librerías adventistas. Escuché muchos amenes y comentarios animadores. La gente decía que esto es de Dios y que deben escuchar estos mensajes. Entonces mencioné el sueño de cuántos serán mártires y todo queda en silencio. Mencioné cuán importante es que devolvamos nuestros diezmos. Escuché muchos amenes fuertes de los hombres vestidos de trajes negros. Les dije que aunque es importante que devolvamos los diezmos, es de igual importancia que sepamos para qué se está usando el diezmo y que Dios nos pedirá cuentas. Les expliqué que esto mismo lo declaró Elena de White.

Entonces escuché a varios de los hombres trajeados de negro decir en voz muy fuerte que estos sueños no son de Dios, sino de Satanás, y que el único lugar donde se debe pagar el diezmo es directamente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Alguien delante de mí declara que soy un impostor y que no se me debe escuchar. Él dice que todos deben irse inmediatamente y que todo lo que han escuchado es de Satanás. Me siento espantado al ver que esa gran asamblea de individuos sale rápidamente debido a los comentarios negativos de los hombres que visten trajes negros. Ahora no quieren oír ni creer. Ya se han ido casi todos.

Comienzo a descender por las gradas para irme. Cuando llego abajo y comienzo a salir, veo un grupo de unas veinte personas de pie conversando. Un individuo dice que algunos de ellos van a estudiar lo que yo les compartí para probar que no es de Dios. Veo a trece personas que se dan vuelta y caminan en pos de ese individuo y ellos va a formar un grupo para estudiar. Miro hacia las siete personas que quedan. Una dama con tres de sus amigas dice que ellas han estado siguiendo lo que cierto individuo ha estado enseñando. Tienen en sus manos muchos libros, grabaciones y DVDs preparados por ese individuo y ella menciona que ese individuo tiene mucho que enseñar. No veo ni Biblias ni libros del Espíritu de Profecía. Esas cuatro personas se dan vuelta y se van. Ahora miro a las últimas tres personas. Una de ellas se separa de las otras y se arrodilla para orar. Miro hacia las últimas dos personas. Inmediatamente, una comienza a decir que el Espíritu Santo no es una persona. La otra persona declara que tenemos que creer como creyeron los primeros pioneros. La primera dice que yo me voy a perder a menos que admita que el Espíritu Santo no es una persona real y que no forma parte de la Divinidad. Veo que esas dos personas se dan vuelta y se van. Me vuelvo hacia la dama que se está levantando de sus rodillas. Se me acerca y me pregunta, ¿Qué debo hacer para estar lista? ¿Cómo comienzo a arrepentirme? ¿Qué es lo que necesito saber para estar lista cuando Jesús venga?

Nuevamente cambia mi sueño e instantáneamente me hallo afuera, observando desde un ángulo superior. Veo que varios hombres se quitan sus túnicas negras y las colocan en una máquina lavadora grande. Añaden varios litros de detergente para ropa y varios litros de lejía. Después de lo que parece unos minutos, sacan las túnicas y deciden que no están suficientemente blancas. Deciden volver a lavarlas y añaden varios paquetes de tinte blanco. Después de unos minutos, las sacan y comentan que todavía no están suficientemente blancas. Deciden rociarlas con pintura para telas. Entonces colocan un número siete grande y dorado al frente de cada túnica y se las ponen, y se cuelgan fajines plateados y azules alrededor de sus cuellos.

Entonces, los hombres van y se paran frente a un durazno gigantesco, y se dan vuelta hacia muchas personas, las cuales se inclinan y arrodillan frente a ellos. Muchos repiten el sonsonete, “Enséñennos, ustedes los ilustres; les escuchamos y ustedes nos dirán qué debemos hacer”. Ahora subo más alto por el aire y vuelvo a ver a esos hombres enfrentarse al durazno gigantesco. Cuando miro hacia la derecha, veo caer una gran piedra que aplasta el durazno gigantesco. La piedra desaparece y veo bajar del cielo lo que parecen ser muchas pequeñas ascuas ardientes que queman el sitio donde estaba el durazno. Tanto el durazno como todos los hombres y los que se arrodillaban han desaparecido.

El Heraldo, quien me ha tenido de la mano todo este tiempo, me llama por mi nombre celestial y me dice que lo que acabo de observar puede ocurrir, pero que debemos comprender que Aquél que está sentado en el trono y conoce todas las cosas sabe lo que es mejor y puede ser que no permita que esto ocurra.

Ahora el Heraldo me dice que, junto con Becky, debe llevarme a otro lugar. Ahora nos encontramos en un salón grande, de color rosado claro. Allí hay miles de personas que tienen puestas muchas prendas de ropa, incluyendo abrigos gruesos, guantes, sombreros, y botas encima de sus zapatos. Muchos cargan una mochila sobre la espalda. Tienen consigo cajas, baúles, carretillas y maletas.

Cuando miro hacia el techo, veo pintado un compás sin aguja. Está pintado en el centro del techo. Los indicadores del norte, sur y oeste están a la misma distancia del centro. Sin embargo, el indicador hacia el este (el oriente) es tres veces más largo y señala hacia las únicas puertas que tiene el salón. Hay dos puertas que se abren hacia afuera, formando una abertura estrecha con escasamente suficiente espacio para que pase una persona.5

Becky y yo comenzamos a decirles a las personas que ya casi se han agotado las bolas; las puertas se abrirán pronto y necesitan prepararse para pasar. Les explicamos que tienen que dejar sus cajas, maletas, baúles y la cantidad de ropa que llevan puesta, de otra manera no van a caber por la puerta.6 Sin embargo, no nos hacen caso y muchos nos dan la espalda y se forman en grupos. Muchos se burlan y ríen de nosotros. Algunos de los grupos tienen un hombre que se torna en dirigente. Él se sube encima de algunas de las cajas para hablar a los grupos grandes de personas, enseñándoles acerca de un gran plan que él tiene. Él les instruye diciendo que ellos van a ser salvos si le escuchan a él. Él les mostrará cómo salir del salón. Algunos de los hombres dicen que la gente se salvará si los escucha a ellos, pero que deben darles algunos de sus bienes para ayudar a preparar a otros para ser salvos. Dicen que cuesta mucho salir, pero que pronto tendrán su libertad si confían en lo que se les enseña.

Algunos de los grupos proponen que cada uno tenga en la mano una caja, maleta o baúl y cuando las puertas se abran, van a correr hacia ellas. Aunque les dijimos que no cabrían con su equipaje, ni nos escuchan ni nos creen. A otros grupos se les enseña que es un acto fraternal cargar a otro hermano mientras que él lleva una caja, maleta o baúl. Nuevamente tratamos de mostrarles que por la abertura sólo cabe una persona, que no hay espacio para que nadie traiga sus efectos personales. Les volvemos a explicar que las puertas sólo estarán abiertas un tiempo muy corto y que entonces se cerrarán. Todos los grupos tienen a alguien que les está enseñando que todo les irá bien y que podrán pasar.

Mientras Becky y yo enseñamos a la gente, nos deshacemos de nuestros efectos personales. Entonces notamos que algunos otros comienzan a hacer lo mismo. Sin embargo, hay otros que se apresuran para recoger o vender las cosas que hemos descartado. Seguimos mirando hacia el aparato con el reloj y sabemos que quedan muy pocas bolas. Nuevamente le decimos a la gente que se deshagan de sus pertenencias, porque las puertas se van a abrir muy pronto. Sin embargo, se ríen y burlan de nosotros. Sintiendo tristeza por ellos, nos dirigimos hacia las puertas. Nos paramos junto al umbral con un grupo pequeño y tarareamos el himno, “Tal como soy”. Me doy vuelta y veo que los otros grupos están absortos en lo que los otros hombres les han enseñado.

Ahora, la última bola sale de la tolva. Al rodar por el carril, el aparato se torna un color azul hermoso. Cae al recipiente y se oye una voz sin igual que dice, “Porque fuiste fiel en las cosas más pequeñas, te otorgo las cosas más grandes. Entra en todo lo que he creado para mis amados fieles.” Entonces se abren las puertas y salimos, uno a la vez. Los otros grupos que estaban atrás notan las puertas abiertas y corren hacia ellas, pero no pueden pasar debido a su equipaje. Algunos tratan desesperadamente de deshacerse de sus pertenencias, pero ahora las puertas comienzan a cerrarse. Oigo sus gritos y llantos. Las puertas se cierran y jamás se volverán a abrir.7 Ahora noto que cada uno en nuestro grupito resplandece con una luz brillante que nos rodea.

Con mi mano izquierda he tenido a Becky de la mano, y ahora alguien toma mi mano derecha. Me doy vuelta y veo al Heraldo. Me sonríe y me dice que me aferre fuertemente de la mano de Becky. Todos nos damos vuelta, caminamos a través de una pared y nos encontramos parados en un pasillo. El Heraldo me llama por mi nombre celestial, nos mira a mí y a Becky y dice, “Lo que acaban de ver y experimentar tiene un significado más profundo. Alcancen a los que puedan, pero sobre todo, prepárense ustedes mismos, porque el tiempo de salida es corto antes de que sean sellados los que van a ser sellados. Los que quieren salir no desean nada del sitio de donde vienen. Los que salgan dejarán lo que tienen, porque todo les espera. Sean fieles y mantengan sus ojos fijos en el reloj.

Tal como soy

Tal como soy de pecador,

sin otra fianza que tu amor,

a tu llamado vengo a ti;

Cordero de Dios, heme aquí.

Tal como soy, con mi maldad,

miseria, pena y ceguedad,

pues hay remedio pleno en ti;

Cordero de Dios, heme aquí.



Ahora el Heraldo me instruye que el tiempo es muy corto, y muchos no comprenden ni desean admitir que estamos en los últimos momentos veloces. Él dice que debe llevarme a otro lugar para que yo logre un entendimiento mejor. Debo tomar nota de lo que veo e informarlo. Vamos a un lugar donde me encuentro parado frente a un escritorio pequeño. Veo un calendario con una hoja para cada día y comprendo que ha sido un regalo. En la hoja superior se ve una caricatura, al pie de la cual aparece un rótulo cómico. Yo miro el cuadro, leo el rótulo y me río. Volteo a la página siguiente, leo el rótulo y volteo otra vez para ver el día siguiente. Sigo volteando las páginas, día tras día. De repente, las hojas del calendario comienzan a voltearse lentamente por sí solas. Observo asombrado que las páginas se voltean solas más y más rápidamente. Entonces las hojas se voltean con tanta rapidez que parecen un borrón.

Entonces me acerqué a una ventana y vi que la hierba en el patio crecía muy rápidamente. En un abrir y cerrar de ojos, la han cortado y nuevamente comienza a crecer. Cuando miro hacia arriba, noto que el sol atraviesa el cielo desde el este hacia el oeste con mucha rapidez. Lo sigue la luna, también atravesando el cielo y constantemente cambia de tamaño. La veo cambiar de luna llena a una rodaja pequeña y otra vez a luna llena. La sigue el sol atravesando el cielo seguido nuevamente por la luna. Entonces noto que las hojas y ramas de los árboles están creciendo. Cuando miro hacia el cielo, veo estrellas pasar como rayos. Parece que el tiempo se ha comprimido y está pasando rápidamente.

Entonces, de repente todo se detiene. Cesan todos los sonidos. Todo está tranquilo y silencioso. De repente se escucha un sonido increíblemente fuerte, indescriptible. Parece el sonido de un millón de trenes o de bocinas de camiones tocando todas a la vez. La tela negra de la noche tranquila se desgarra y aparece un fulgor indescriptible.

Entonces el Heraldo me dice que nuevamente debemos ir a otro sitio. Comenzamos a caminar a lo largo de un sendero pavimentado. El caminar, muchas veces me llama por mi nombre celestial. Me dice que esté alerta constantemente de dónde voy y que coloque cada pisada con mucho cuidado. Me dice que Satanás y sus ángeles constantemente colocarán obstáculos a lo largo de mi camino. Tratarán de hacerme tropezar y caer. Me dice que si mantengo mis ojos fijos hacia arriba mirando hacia el premio principal, estaré seguro. Miro hacia arriba y veo que la forma de las nubes se parece a Jesús. Veo que las nubes forman una gran sonrisa de Jesús. Puedo vislumbrar su mano extendida hacia mí y no quiero quitar los ojos de lo que estoy viendo.

Me doy cuenta que cada paso que tomo en el pavimento duro es más suave que el anterior. El Heraldo me dice que habrá cosas ocultadas de mi vista que me harán tropezar y caer. Miro hacia abajo por sólo un instante y noto que mi pie derecho cae y penetra el pavimento, el cual ahora está duro. Al tropezar y caer, mi mano se zafa de la mano del Heraldo. Caigo rodando cuesta abajo hacia la derecha y quedo sumergido en lo profundo de un río fangoso. El agua tiene una capa dura y eso me obliga a nadar más lejos para poder salir del agua. Nado cerca del fondo del río y entonces nado entre dos columnas grandes de cemento. Apenas puedo pasar entre ellas y en ese instante recuerdo la nube y como se parecía a Jesús. Oro en mi mente que Jesús nuevamente extienda su mano y me ayude. Al pasar por el sitio estrecho, agarro el fondo de una escalera y siento que una mano se aferra a la mía. Tiene una fuerza que no soy capaz de describir. Siento que me saca rápidamente de la profundidad de las aguas y me coloca suavemente sobre un muelle. Me doy vuelta y veo a Jesús parado ahí. Me llama por mi nombre celestial y empezamos a caminar juntos. Me dice que hay un sitio donde desea llevarme.

Andamos por un sendero pavimentado hacia una aldea pequeña. Entonces llegamos a un edificio que representa muchas cosas. Es un sitio donde la gente puede aprender de Jesús, pero también es una tienda de ropa, un restaurante y un teatro donde los invitados pueden comer y ver una película. Caminamos hacia el edificio y Jesús me dice que yo debo seguir desde ahí en adelante, pero que Él siempre me cuida y que siempre, siempre está conmigo. Lo único que debo hacer es clamar a Él y Él acudirá para cuidarme.

Al voltear para entrar al edificio, veo una máquina de boletos y no puedo entrar a menos que obtenga uno. Al tirar del boleto, sale fácilmente de la máquina. Es de oro puro; no se arruga si lo doblo y no se puede romper. Mide unas 12 pulgadas (30,5 cm) de largo, 7 pulgadas (18 cm) de ancho y es más delgado que un cabello humano. El boleto dice en letras de un rojo oscuro, “ENTRADA ÚNICA.” A la izquierda hay un cuadro azul de los Diez Mandamientos. A la derecha hay un cuadro de una cruz con un rótulo abajo que dice, “Afírmate sobre la madera; la madera es la verdad”. En el medio hay un cuadro que se mueve cuando se lo mira. Es un cuadro hermosísimo de Jesús regresando en las nubes. Este cuadro es de muchos colores distintos. Cuando le doy vuelta al boleto veo que lo que se ve al frente se ve al dorso. No está al revés y es transparente por ambos lados.

Al pasar por el torniquete, una dama me da la bienvenida y me dice que lo primero que debo hacer es obtener ropa y zapatos nuevos, porque los míos están mojados e inmundos del río. Me llevan a un cuarto y al atravesarlo, instantáneamente quedo limpio y vestido de toda ropa nueva. Al caminar por el lugar, encuentro a muchos empleados conversando con la gente de la calle. Les hablan en un nivel que ellos pueden comprender.

Entonces voy a un sitio donde hay escalones que ascienden y asientos que tienen su propia mesita individual. Muchos vienen y se sientan. Una empleada viene con tazones, cada uno de 12 pulgadas (30,5 cm) de ancho y 7 pulgadas (18 cm) de profundidad. Coloca un tazón sobre cada mesita. Cuando se acerca a mí, sonríe, pero no coloca un tazón en mi mesa. Extiende su mano y la coloca sobre la mía. No me dice una palabra, pero yo comprendo. Entonces sigue repartiendo los tazones.

Entonces llega otra dama con un cucharón, acompañada por un hombre cargando una olla muy grande. Colocan una porción grande de un guisado en cada tazón, llenándolo hasta arriba. El guisado consiste de trozos grandes de res de primera calidad, sin grasa, y una pequeña cantidad de zanahorias y arvejas. Una tercera parte del tazón se llena con el caldo de res. Cuando la dama con el cucharón llega a donde yo estoy, se detiene, me mira, no me dice ni una palabra, sino que extiende su mano y la coloca encima de la mía. El hombre con la olla grande se detiene frente a mí y coloca su mano derecha sobre mi hombro derecho. No me dice una palabra, sino que me sonríe. Nuevamente, yo comprendo. Entonces viene otra dama con una canasta grande de pan y coloca una barra grande de pan sobre cada mesa. Cada barra de pan es redonda y mide unas 12 pulgadas (30,5 cm) de ancho y 7 pulgadas (18 cm) de alto. Cuando la dama llega a mí, no pone ningún pan sobre mi mesa, sino que me sonríe y coloca su mano sobre la mía. Nuevamente, yo comprendo.

Después de que cada persona recibió su alimento, una dama camina hacia el frente, más abajo de donde estamos sentados. Dice, “Oremos. Gracias, Señor, por este alimento y por darnos un lugar donde podemos estar fuera de la maldad del mundo. Este caldo es como el Espíritu Santo. Este pan representa a Jesús, el cual puede entrar en nuestros cuerpos. Esta carne es su Palabra.” Concluye su oración y dice que mientras comemos, disfrutaremos de una película muy especial. Detrás de ella se ve algo que parece una pared que desciende para servir como pantalla. Las ventanas, máquinas de boletos y el frente del edificio quedán detrás. Comienzo a mirar la película más formidable que he visto jamás, aunque no la recuerdo una vez terminado el sueño.

Cuando concluye la película, una dama se aproxima al centro del salón. Con voz tranquila explica que mientras comíamos y veíamos la película, ocurrió algo terrible. Se alza la pared y vemos que la inmensa ventana de vidrio al frente del edificio está estrellada y que alguien se ha robado una de las máquinas de boletos. Ella nos explica que acababan de reabastecer la máquina con un rollo nuevo de boletos, que cada rollo tenía una gran cantidad de boletos y que cada boleto tiene un valor incalculable. Entonces oigo un hombre detrás de mí que se para y dice que él es un anciano de iglesia. Dice su nombre entre dientes y explica que han recogido una ofrenda de casi $13 para ayudar a comprar otra máquina de boletos. Me siento obligado a ponerme de pie y hablar y les digo que aunque se aprecian todas las contribuciones pequeñas, sólo hay un regalo, y ése es Jesús. Les digo que esa tragedia jamás hubiese ocurrido si le hubiésemos pedido a Dios que protegiese ese lugar, y que cuando pedimos su protección, Él cuida de lo suyo.

Entonces noto un hombre que parece un criminal maligno. Está parado en la calle, no muy lejos del frente del edificio, y la máquina de boletos robada está junto a él. Comienza a correr para darle un golpe a la otra ventana de vidrio para robarse la otra máquina de boletos. Yo clamo a Dios pidiendo que nos proteja y que envíe sus ángeles para que no sólo nos rodeen a nosotros, sino el edificio también, y que reclame la máquina robada. Antes que yo pueda decir Amén, todo el grupo a una voz dice Amén en el nombre de Jesús. Inmediatamente, el hombre corre y golpea con su hombro el frente del edificio, pero es como si el edificio estuviese rodeado por un escudo invisible, porque el hombre rebota. Se levanta y nuevamente aplica todas sus fuerzas intentando romper la ventana, pero nuevamente rebota. El edificio queda salvo.

Nos volteamos y notamos que hay muchos ángeles que descienden y rodean la máquina de boletos que había sido robada. Un ángel que se destaca por su poder la levanta con facilidad y muchos otros ángeles le hacen procesión de regreso al edificio. El ángel fuerte coloca la máquina en su lugar debido y miramos mientras todos los ángeles vuelven a ascender.

Entonces, el Heraldo me dice que va a llevarme a un lugar especial. Instantáneamente estoy con Jesús. Me lleva de la mano mientras atravesamos un pasillo que no es recto. Doblamos hacia la derecha una distancia, entonces hacia la izquierda, nuevamente a la derecha y a la izquierda. El pasillo no tiene paredes ni techo cuadrados como lo común, sino que ellos parecen ser espejos de distintas formas y tamaños que han sido colocados en varios ángulos. Seguimos caminando en silencio, doblamos y comenzamos a caminar recto y entonces descendemos por un corredor. Entramos en lo que creo ser un salón muy, pero muy grande. Sin embargo, también sé que no es una habitación. Es como si estuviese mirando nuestra galaxia donde estaría nuestro planeta. Veo lo que parecen ser muchos, muchos espejos más. También hay espejos pequeñitos, del tamaño de una monedita, en distintas partes. Ninguno de los espejos tiene una superficie plana, sino que están redondeados de alguna manera u otra y no son ni duros ni afilados. Se me hace saber que los espejos no son espejos en realidad. Al caminar, el piso se siente muy blando.

Al entrar al área amplia, veo que está llena de cosas para las cuales no tengo palabras humanas para describirlas. Me siento asombrado al mirar alrededor. Nos detenemos y estoy ubicado de manera que el pasillo y corredor del cual vinimos está detrás de mí. De repente, el salón comienza a brillar con un resplandor que ilumina toda el área. Nuevamente, es una belleza que no soy capaz de explicar. Se me hace comprender que, debido a mi estado pecaminoso, el resplandor de Jesús debe mantenerse muy atenuado. Si existiese un botón selector que pudiese controlar la cantidad de resplandor, en el cual un 0 sería ningún fulgor y un 10 sería mucho fulgor, el botón estaría configurado al nivel de 0,00000005.

Entonces escucho una voz que he oído anteriormente en mis sueños. El sonido parece un chorrito de agua y también un arroyo montañero y una inmensa catarata. La voz dice, “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Antes de esto, Jesús no había pronunciado ni una palabra. Mientras escucho la voz que proviene detrás de mí, simultáneamente veo a Jesús decir exactamente las mismas palabras que escucho desde mis espaldas. Entonces veo palabras que se están escribiendo en el aire encima de mí mientras estoy ahí de pie. Me infunde mucho respeto leer las palabras. Al final dice, “Apocalipsis 21:3 – 7.”

Muchos han experimentado el amor de una madre o un padre, de un hermano o hermana, el amor de un esposo o esposa. Sin embargo, ningún beso ni abrazo pudiese compararse jamás con el amor que siento de las voces que estoy escuchando. No existen palabras que lo puedan expresar.

“Y oí una gran voz procedente del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venza heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” Apocalipsis 21:3 – 7.

Me vuelvo hacia Jesús y comienzo a llorar. Él enjuga las lágrimas de mi rostro y me pregunta por qué lloro. Le digo que me siento triste porque sé que éste es el último sueño que voy a tener. Jesús me pregunta por qué pienso eso. Le explico que hace un tiempo que se notó que todos los sueños en el sitio web parecen alinearse con otros. El sueño de la izquierda siempre corresponde con el sueño a la derecha, bien sea por su título o su contenido, y este sueño es el último que se alinea con el sueño a la izquierda. Jesús me contesta, “Tú sabes que estás soñando. ¿Dónde estoy Yo y qué estoy haciendo ahora? Le contesto que sé que Él está en el Lugar Santísimo y que obra como nuestro Árbitro. Él sonríe, porque ese título es uno del cual me contó el Heraldo en uno de los sueños anteriores. Jesús dice, “Sí, eso es correcto. ¿He terminado de servir por ustedes? ¿He lanzado al suelo el incensario? No. Todavía sirvo por ustedes ante nuestro Padre. Yo no he terminado ni tú has terminado, porque tengo mensajes para mi pueblo. Aquéllos que estuchen mi voz, oirán. Aquéllos que no escuchen mi voz no oirán al fin cuando yo proclame, “Despertad, despertad, despertad.’ Tengo algo muy especial que deseo que disfrutes, pero toma nota de todo lo que veas y experimentes.”

Al instante estoy parado fuera de mi casa. Me siento sorprendido al mirar hacia arriba y ver el cielo nocturno. No hay luna ni nubes y la temperatura se siente perfectamente cómoda. Comienzo a conversar silenciosamente con mi Padre celestial como si Él estuviese de pie junto a mí. Le digo cuán maravillosos son el cielo y las estrellas, y como cada uno tiene tanta belleza, como apenas parecen centellear y que no hay palabras para describirlos. Le agradezco por una noche tan perfecta. Al escuchar los sonido claros de los grillos y las ranas, de los murciélagos que vuelan arriba y los aullidos lejanos de los coyotes, le agradezco por la variedad de sonidos. Le digo cuánto aprecio los distintos dones que nos ha dado. Entonces aparecen estrellas fugaces que corren cual rayos a través del cielo, y pienso que sólo Él puede crear una exhibición tal y cuánto aprecio que cada una es tan especial.

Mientras sigo mirando, de repente noto dos estrellas fugaces alineadas perfectamente, como si ambas estuviesen volando juntas. En vez de consumirse en la atmósfera, se tornan más brillantes. Cambian su rumbo y se dirigen directamente hacia mí. Al aproximarse, aminoran su velocidad y se tornan más brillantes. El cielo nocturno brilla como el sol al mediodía y veo el patio y los árboles con perfecta claridad. Al acercarse las dos estrellas hacia mí, aminoran su velocidad y se tornan menos brillantes. Estoy asombrado al observar que repentinamente se detienen directamente sobre donde yo estoy y se transforman en dos ángeles. Cuando aterrizan frente a mí, reconozco al ángel a la derecha como el Heraldo, pero no reconozco al otro ángel. El Heraldo me sonríe, me llama por mi nombre celestial y dice que ellos han sido enviados. Dice que no hay un mensaje que deben dar, sino que se me han de mostrar cosas, porque en muchas ocasiones el mensaje no yace en las palabras sino en lo que se ve. Se me hace entender que la magnificencia que se me muestra en los sueños no puede aproximarse a la realidad. Sin embargo, se me muestran las cosas de una manera que yo sea capaz de comprender. Si somos fieles, cuando pase esta vida, y pronto pasará, seremos testigos de la gran magnificencia de la mano del Gran Creador mismo. Lo que nos espera es mucho más de lo que tenemos la capacidad de comprender. Señalando al otro ángel, el Heraldo dice que él me va a llevar a cierto lugar para que disfrute un poquito de lo que nos espera. Lo que voy a experimentar no se aproxima a lo que existe realidad.

El Heraldo se dirige hacia el otro ángel y le dice, “Ya se te ha indicado adónde debes llevarlo y lo que debe ver. Él deberá escuchar, hablar, tocar, oler y ver, pero no debe probar ni comer. Ese regalo precioso queda reservado para el Dador de Toda la Vida.” Entonces el Heraldo me dice, “Fíjate lo más posible. Conversa con quienes veas. Ejerce tu curiosidad. Toca, mira, huele y escucha. Lo que ahora vas a recibir es un regalo de amor del Padre de todos y de su Hijo y del que es el Espíritu Santo. Te dejo por ahora. ¡Disfrútalo!”

Entonces el Heraldo mira hacia arriba y atraviesa el cielo más rápidamente de lo que puede pestañear el ojo. Me dirijo hacia el otro ángel y le pregunto cómo se llama. Me contesta, “Yo también soy un mensajero y hoy tengo el sumo placer de ser tu guía.” Yo le sonrío y le pregunto, “Pero ¿cuál es su nombre?” Me sonríe y ya sé lo que me va a decir. Él responde, “Quién nosotros somos no es importante. El único nombre digno de ser mencionado es el de Jesucristo. Él es tu Hermano y tu Salvador, nuestro Creador y el Hijo del Padre de todos. Me toca mostrarte un poquito de su amor. ¿Me das tu mano derecha?” Le doy mi mano derecha y mientras nuestros pies suben levemente de la tierra, miro hacia abajo y todo se ve negro, excepto las luces de las casas y los vehículos que se ven abajo. Estoy pensando de cuánto amor tiene Cristo en su cuidado por nuestro pequeño planeta. Al ascender, aceleramos y pronto miro hacia abajo y veo la atmósfera azul de nuestro planeta pequeño. Sé que el azul también es el color de su ley, la cual también es su amor, sin el cual moriríamos. Me doy cuenta de que las nubes blancas simbolizan su justicia, y que nosotros siempre estamos rodeados por su amor y su justicia. Sin las nubes que proveen sombra y lluvia, no podríamos vivir.

Al seguir ascendiendo, miro directamente hacia el frente y mi guía dice que ahora vamos a viajar muy rápidamente. Me dice que me aferre a mi fe y que sepa que estoy seguro. Le pregunto a dónde vamos. Me contesta, “Al lugar sonde se me instruyó que debía llevarte. Estaremos en un sitio muy lejos de donde estamos.” Aceleramos y la velocidad con la que viajamos es la misma del sueño, “La Tierra nueva.” Viajamos billones y billones y billones de años luz en lo que sé que son microsegundos del pensamiento. Le pregunto si nos dirigimos hasta el fin del universo. Mi guía sonríe y dice que no tiene fin, que es continuo, tal como es Dios. No tiene fin; sin embargo, cada galaxia y cada planeta siempre es el más cercano a su trono. Para nosotros, esto es difícil de comprender, pero si somos fieles, todo quedará claro. Me dice que note que al viajar, todo resplandece y no se parece al cielo oscuro que vemos desde la Tierra. Hay más colores de lo que es posible describir. Quisiera poseer todas las palabras del diccionario para expresar lo que veo.

Al seguir nuestro viaje, mi guía me señala una galaxia frente a nosotros que es distinta a la Vía Láctea. Me explica, “Ése es nuestro destino, donde vas a explorar y aprender muchas cosas.” Al acercarnos, disminuye nuestra velocidad y me señala uno de varios planetas que vamos a visitar por un tiempo. Me dice que me fije que todos los planetas están muy cerca el uno del otro, que se complementan perfectamente los unos con los otros, y que sus movimientos simétricos son fluidos y completos. Veo a otros seres yendo, como nosotros, de un planeta a otro.

Al aproximarnos a nuestro destino, noto que mi guía crece en tamaño hasta que yo quedo como un enano en comparación. Él me dice, “Recuerda que estás seguro y que vas a ver por qué yo tengo que estar de este tamaño. Si eres fiel, tú también vas a crecer a la estatura de las otras criaturas de Dios.” Al descender, veo que abajo hay mucha gente de pie. Sabían que veníamos y están cantando a la gloria del Creador de todo. Al aterrizar, veo que soy muy pequeño en comparación con los seres en este planeta. No son ni varones ni hembras y cada uno está rodeado por un fulgor que habla del amor del Padre. Mi guía me presenta usando mi nombre celestial y dice que yo soy uno de los mensajeros de Dios. Afirma que si soy fiel y continúo mi lucha contra Satanás, si animo a otros y les señalo hacia Jesús, que un día podré visitar ese lugar, y no será un sueño. Miro a mi guía y le pregunto, “¿Es esto un sueño?” Escucho que muchos se ríen. Uno de ellos toma un paso hacia adelante y le dice a mi guía, “¿Permitiría que algunos de nosotros le mostremos este lugar?” El ángel contesta que debo ver, oír, oler y tocar, pero que no debo probar ni comer, y que se le había indicado que podía colocarme bajo su cuidado.

Ese ser se me acerca y me pide, “¿Me das tu mano derecha?” Le doy mi mano derecha y le pregunto su nombre. Me responde, “Aunque todos tenemos nombres y se nos ha dicho tu nombre celestial, no eres capaz de pronunciarlo porque todavía eres de la tierra pecaminosa. Se nos dijo que si tú eres fiel, podrás hablar y comprender todo. Recuerda que esto es un sueño y que vas a experimentar lo que eres capaz de comprender.” Al mirar hacia arriba, noto que la piel de estos seres es muy bronceada, y que su cabello dorado y ondeado les cae hasta los hombros. Parecen ser muy fuertes, simétricos y perfectos, tal como el Gran Creador los creó. Les pregunto por qué son tan altos y perfectos, y si siempre han sido así. Ese ser sonríe y me habla muy tiernamente, diciendo que ellos siempre han sido así porque jamás comieron de su árbol de la ciencia del bien y el mal, pero que Satanás logró engañar a Eva para que comiese del fruto de un árbol parecido que había sido colocado en la Tierra. Me explica que éste es el único lugar en el universo donde Satanás introdujo el pecado. Me dijo, “Hemos observado día tras día lo que él ha hecho, y cantamos alabanzas al nombre de Jesús porque Él ahora está sirviendo por ustedes. Antes de que pecaran Adán y Eva, Jesús caminaba con ellos cada sábado a través de los jardines de la Tierra. Él caminaba con nosotros a la misma vez de que lo hacía con todos sus seres creados por todo el universo. Cuando fue decidido que Jesús llegaría a ser uno de ustedes, comprendimos que ya no podría pasar tiempo con nosotros. Lo que Él hizo fue hecho para salvarlos a ustedes, nuestros hermanos. Esto, también, es algo que aprenderás. Ahora queremos mostrarte varias cosas y dejar que las disfrutes.”

Habíamos estado caminando lentamente, pero entonces ese ser me alzó, me colocó en sus brazos y me dijo que teníamos que andar más rápidamente. Él camina muy rápido y llegamos a un campo abierto. Se detiene y me dice que tome nota de la hierba. Aunque mide unos siete pies (poco más de dos metros) de alto, él se para en ella con facilidad. Me dice que note el cielo, y veo que los otros planetas parecen estar tan cerca que si uno quisiera podría extender la mano para tocarlos. Entonces noto que hay aves y animales indescriptibles, de todos tipos, que vuelan, caminan, corren o juegan. Veo lo que parece ser un colibrí con seis alas y cuatro colas. También hay pequeñas criaturas que parecen insectos, pero no son plaga y no se parecen a los que tenemos en la Tierra. El campo verde está lleno de vida—más de lo que soy capaz de ver o comprender. La hierba tiene muchos tonos verdes y casi parece estar viva con amor. Escucho el canto de las aves y comprendo que no existe ningún ave en nuestro planeta pecaminoso capaz de lograr esos tonos tan perfectos del repertorio musical aviario.

Todavía teniéndome en sus brazos, mi nuevo amigo me dice que mire hacia la derecha. Veo que varios seres corren a través del campo con una velocidad sorprendente que produce surcos en la hierba. No están de carrera, sino jugando y riendo. Mi amigo y los otros que nos acompañan comienzan a correr hacia un bosque. Al acercarnos, veo que muchos de los seres se encaraman o saltan de un árbol hacia otro. Estos árboles son del alto de los edificios altos de la tierra. La corteza de estos árboles hermosos es lisa, pero con diseño simétrico. Desde distintos ángulos, las hojas muestran tonos verdes, amarillos, rojos, azules y morados. Algunas hojas podrían cubrir el techo de una casa de tres dormitorios. Aun los árboles cargan una abundancia de formas de vida. Hay más criaturas viviente de lo que uno pueda imaginarse, desde la más pequeña hasta la más grande. Muchas criaturas que vuelan parecen ascuas que flotan en el cielo, pero tiene plena capacidad para controlar la dirección hacia la cual se dirigen. Hay flores creciendo en casi todos los sitios y lucen una gran variedad de colores. Con sólo tocar una flor, sus pétalos se abren aún más. Me parece que constantemente escucho cantos cuyas palabras alaban al Creador de todo. Pienso cómo los 144,000 viajarán a través del universo con Jesús para visitar a su pueblo.

Les pregunto a esos seres si sólo pueden caminar y correr, o si tienen la capacidad de volar. El grupo que me acompaña se ríe, y el que me tiene cargado me dice que mire bien. Todos nos alzamos del suelo y ahora hay como un desfile de muchos seres mientras volamos y vemos todo desde una perspectiva distinta. Veo muchas colinas pequeñas, algunas más altas que otras. En algunas partes hay cataratas majestuosas. El cielo es hermoso con sus tonos azules y lleno de una gran variedad de pájaros. Ahora pienso cuánto me gustaría tener una video grabadora. Pregunto si podemos acercarnos al agua y si hay peces. Mi amigo dice que nos vamos a acercar para que yo pueda ver. Al acercarnos al agua, veo muchos peces de distintos tamaños, formas y colores. Algunos nadan a la misma velocidad como nosotros volamos. Algunos se mueven como si fuesen una mariposa tierna. Varios de los amigos que nos siguen se sumergen en el agua. No salen para respirar y nadan con la misma rapidez como volábamos por el aire. Al acercarnos a la ribera, comenzamos a ascender y los que estaban bajo el agua salen para volar con nosotros. Entonces nos dirigimos hacia un área donde hay valles entre las colinas. Aterrizamos y mi amigo sigue cargándome mientras caminamos por senderos junto a riachuelos. Vuelvo a notar una gran variedad de animales, aves e insectos. La vegetación suculenta y la variedad de colores son tan grandes que no soy capaz de captarlo todo. Sigo pensando que lo que estoy viendo no es nada en comparación con lo que va a ser en realidad.

Entonces noto que no veo ningún sol, sin embargo los planetas cercanos reflejan una luz que ilumina el lugar donde estamos. Al seguir, me doy cuenta que nos acercamos a otro bosque precioso. Sus obras creadas están cantando como nada de lo que yo haya escuchado antes. Lo único que se me ocurre es que unidos cantan “santo, santo, santo” y “gloria a Dios y a su Hijo en todo lo que han dado.” Al continuar, mi amigo me coloca en el suelo y camino con ellos a lo largo del sendero. Me inclino para mirar de cerca una flor, pero es del tamaño de todo mi torso. Al tocarla, siento su suavidad y una fragancia distinta a lo que jamás haya experimentado. Es una mezcla de los olores más dulces; aun los árboles perfuman el bosque donde caminamos. Toco la corteza de un árbol anticipando que sea áspera, pero es muy suave.

Al anochecer, la luz baja de intensidad, pero nunca oscurece como en la Tierra. Ahora, cada uno de mis amigos emite un fulgor y sus cabellos dorados se iluminan. Cuando sonríen, es como si una luz más brillante emanase desde adentro. Noto que todas las cosas creadas por Dios parecen iluminarse de alguna forma con toda una gama de colores luminosos. Los árboles, la hierba, las flores, los animales, los peces y aun los insectos pequeños que se arrastran a lo largo de una brizna de hierba están vivos con colores brillantes. Noto un insecto que parece un gusano lanudo. Su cuerpo largo y moreno está compuesto de muchos vellos diminutos que al caminar se iluminan en distintos tonos castaños. En la cabeza tiene dos antenas muy largas cuyos extremos son rizados. Cada antena tiene muchas luces pequeñitas que se encienden y apagan al subir a lo largo de la antena. Veo una variedad de animales y aves que se encienden en muchos colores. La luz no es fuerte, pero tiene un fulgor cálido. Me doy cuenta que cada vez que coloco mi pie en la hierba, que esa área se enciende un poco más y después vuelve a tener menos luz. Entonces noto un pajarito que vuela cerca de mí cuyos ojos se iluminan con distintos tonos azules. Su pico se ilumina de rojo y anaranjado. Sus plumas son iridiscentes en tonos verdes, marrones, azules, rojos, anaranjados y amarillos. Canta muchas notas simultáneamente y en armonía, lo que hace que uno piense en el amor del Creador.

Al tratar de absorber todo lo que he experimentado, vuelvo a recordar que lo que se me mostró es mucho mejor de lo que yo soy capaz de captar. Cierro mis ojos para tratar de grabar todo en mi mente para poder recordarlo. Abro los ojos para dar otra mirada, pero cuando lo hago, estoy parado en mi casa mirando las estrellas del cielo nocturno. El Heraldo me tiene de la mano derecha y comienzo a llorar, porque me doy cuenta de dónde estoy. Él me dice, “Recuerda, sé fiel. Esto y mucho más te espera. Quiero que sepas que todo el universo espera ansioso el fin del pecado que trajo Lucifer. Todos ansían poder volver a caminar con Jesús. Esfuérzate por formar parte del grupo especial que viajará con Él cuando ande con su pueblo los sábados a lo largo del universo.”

Al despertar del sueño, fui hacia la ventana para mirar hacia afuera. Hacía frío y había neblina. Miré a los árboles sin hojas y me di cuenta que todavía estaba en este mundo enfermo del pecado.

1. Primeros escritos, p. 40.
“El ángel me dijo entonces: ‘Debes volver, y si eres fiel, tendrás, con los 144,000, el privilegio de visitar todos los mundos y ver la obra de las manos de Dios.’

El Conflicto de los siglos, p. 695
“Los sepulcros se abren, y ‘muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua’ (Daniel 12:2). Todos los que murieron en la fe del mensaje del tercer ángel, salen glorificados de la tumba, para oír el pacto de paz que Dios hace con los que guardaron su ley. ‘Los que le traspasaron’ (Apocalipsis 1:7), los que se mofaron y se rieron de la agonía de Cristo y los enemigos más acérrimos de su verdad y de su pueblo, son resucitados para mirarle en su gloria y para ver el honor con que serán recompensado los fieles y obedientes.”
2. Signs of the Times (Señales de los tiempos), 22 junio 1904
“Los dos caminos mencionados van en dirección opuesta; el uno es estrecho y escabroso, el otro es más amplio y llano, pero termina en destrucción. Los que viajan por estos dos caminos poseen un carácter, vestimenta y conversación opuestos. Los que van por el camino estrecho son serios y fervorosos, pero alegres. El Varón de dolores les abrió el camino y Él mismo lo recorrió. Pueden ver sus pisadas, y se sienten consolados. Al seguir su viaje, hablan del gozo y alegría que les espera al fin de su jornada.”
3. Manuscript Releases (Manuscritos) , tomo 3, No. 427
“Cristo jamás murmuró, jamás pronunció un descontento, un desagrado ni resentimiento. Nunca estuvo desalentado, desanimado, perturbado ni inquieto. Era paciente, tranquilo, sereno bajo las circunstancias más emocionantes y difíciles. Todas sus obras fueron hechas con dignidad discreta y tranquilidad, no importa cuál fuese la conmoción que le rodease. El aplauso no lo regocijaba. No temía las amenazas de sus enemigos. Tal como el sol se mueve sobre las nubes, Él andaba entre un mundo de excitación, de violencia y crimen. Las pasiones, conmociones y molestias humanas eran indignas para Él. Cual el sol, se movía por encima de todas ellas. Sin embargo, no era indiferente a las aflicciones de los hombres. Su corazón siempre simpatizaba con los sufrimientos y necesidades de sus hermanos, tal como si Él fuese el afligido. Poseía un gozo interno tranquilo, una paz serena. Su voluntad siempre estaba sumergida en la voluntad de su Padre. De sus labios pálidos y temblorosos se oyó, No sea hecha mi voluntad, sino la tuya.”
4. Signs of the Times (Señales de los tiempos), 22 junio 1904
“El sendero que va hacia el cielo es estrecho, pero todos pueden hallarlo. La mano del Padre lo ha marcado claramente. Ningún pecador tembloroso debe dejar de andar en la luz santa y pura. Aunque el sendero ascendente a veces es difícil y con frecuencia cansador, aunque el cristiano tenga que soportar luchas y conflictos, debe seguir adelante con regocijo, confiando como un pequeñuelo en la dirección amorosa de Aquél que ‘guarda los pies de sus santos’, sabiendo que el sendero que él atraviesa al fin lo llevará a las mansiones que Cristo ha ido a preparar para aquéllos que le aman. ‘La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta llegar el pleno día.’”
5. Signs of the Times (Señales de los tiempos), 22 junio 1904
“Pero el sendero que va hacia la vida es estrecho y la entrada es recta. Si os aferraos a cualquier pecado dominante, hallaréis la puerta demasiado estrecha para poder entrar. Vuestros propios caminos, vuestra propia voluntad, vuestros hábitos erróneos y costumbres no cristianas deben ser abandonados para poder seguir la senda del Señor. Aquél que desea seguir a Cristo no puede seguir las opiniones del mundo ni cumplir con las normas del mundo. El sendero hacia el cielo es demasiado estrecho para permitir que rango o riqueza viajen lujosamente, demasiado estrecho para el plan de la ambición propia, demasiado duro y escarpado para que suban los amantes de la comodidad. La parte que le tocó a Cristo – el esfuerzo, la paciencia, el sacrificio propio, el reproche, la pobreza, la contradicción de pecadores en contra de sí mismo – deberá ser nuestra parte si alguna vez logramos entrar al paraíso de Dios.
6. Palabras de vida del gran Maestro, p. 258-259
“Los ángeles ministradores del cielo dicen: La obra que se nos comisionó realizar ya ha sido cumplida. Hemos hecho retroceder el ejército de los ángeles malos. Hemos enviado claridad y luz a las almas de los hombres, despertando el recuerdo del amor de Dios expresado en Jesús. Hemos atraído sus miradas a la cruz de Cristo. Sus corazones fueron profundamente conmovidos por una consciencia del pecado que crucificó al Hijo de Dios. Fueron convencidos de pecado. Comprendieron los pasos que han de tomarse en la conversión; sintieron el poder del evangelio; sus corazones fueron enternecidos al considerar la dulzura del amor de Dios. Contemplaron la hermosura del carácter de Cristo. Pero para la mayoría todo esto fue en vano. No quisieron abandonar sus propios hábitos y su carácter. No se quitaron los vestidos terrenales a fin de ser cubiertos con el manto celestial. Sus corazones fueron dados a la codicia. Amaron la asociación del mundo más que a su Dios....

“Triste será la visión retrospectiva en aquel día cuando los hombres se hallen cara a cara con la eternidad. La vida entera se presentará tal cual ha sido. Los placeres mundanos, las riquezas y los honores no parecerán entonces tan importantes. Los hombres verán que únicamente la justicia que despreciaron es de valor. Verán que han modelado su carácter bajo las seducciones engañosas de Satanás. Las ropas que han escogido son la insignia de su alianza con el primer gran apóstata. Entonces verán los resultados de su elección. Conocerán lo que significa violar los mandamientos de Dios.”
7. Amós 8:11-13 “He aquí que vienen días, dice el Señor Jehová, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente irán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán. En aquel tiempo las doncellas hermosas y los jóvenes desmayarán de sed.”

Primeros escritos, pp. 280-281
“Entonces vi que Jesús se despojaba de sus vestiduras sacerdotales y se revestía de sus más regias galas. Llevaba en la cabeza muchas coronas, una corona dentro de otra. Rodeado de la hueste angélica dejó el cielo. Las plagas estaban cayendo sobre los moradores de la tierra. Algunos acusaban a Dios y le maldecían. Otros acudían presurosos al pueblo de Dios en súplica de que les enseñasen cómo escapar a los juicios divinos. Pero los santos no tenían nada para ellos. Había sido derramada la última lagrima en favor de los pecadores, ofrecida la última angustiosa oración, soportaba la última carga y dado el postrer aviso. La dulce voz de la misericordia ya no había de invitarlos. Cuando los santos y el cielo entero se interesaban por la salvación de los pecadores, éstos no habían tenido interés por sí mismos. Se les ofreció escoger entre la vida y la muerte. Muchos deseaban la vida, pero no se esforzaron por obtenerla. No escogieron la vida y ya no había sangre expiatoria para purificar a los culpables ni Salvador compasivo que abogase por ellos y exclamase: ‘Perdona, perdona al pecador durante algún tiempo todavía.’ Todo el cielo se había unido a Jesús al oír las terribles palabras: ‘Hecho está. Consumado es.’ El plan de salvación estaba cumplido, pero pocos habían querido aceptarlo. Y al callar la dulce voz de la misericordia, el miedo y el horror invadieron a los malvados. Con terrible claridad oyeron estas palabras: ‘¡Demasiado tarde! ¡demasiado tarde!’

“Quienes habían menospreciado la Palabra de Dios corrían azorados de un lado a otro, errantes de mar a mar y de norte a oriente en busca de la Palabra del Señor. Dijo el ángel: ‘No la hallarán. Hay hambre en la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír las palabras del Señor. ¡Qué no dieran por oír una palabra de aprobación de pate de Dios! Pero no; han de seguir hambrientos y sedientos. Día tras día descuidaron la salvación, estimando en más las riquezas y placeres de la tierra que los tesoros y alicientes del cielo. Rechazaron a Jesús y menospreciaron a sus santos. Los sucios permanecerán sucios para siempre.’”

Fuente: http://www.formypeople.org/Sp/sp_36_two_cars.shtml

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